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				<journal-title>Intersticios sociales</journal-title>
				<abbrev-journal-title abbrev-type="publisher">Intersticios sociales</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">2007-4964</issn>
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				<publisher-name>El Colegio de Jalisco, A.C.</publisher-name>
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					<subject>Reflexión teórica</subject>
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				<article-title>Mentalidades en México: entre el psicoanálisis y la antropología cultural</article-title>
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						<surname>Cueva Perus</surname>
						<given-names>Marcos</given-names>
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					<label>*</label>
					<institution content-type="original"> IIJ, UNAM. Investigador titular del Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, México. Doctor en Economía Internacional por la Universidad Pierre Mendès-France, Grenoble. Sus líneas de investigación comprenden la Historia de las mentalidades en América Latina y la Historia de las ideas en Europa, siglo XX. cuevaperus@yahoo.com.mx</institution>
					<institution content-type="normalized">Universidad Nacional Autónoma de México</institution>
					<institution content-type="orgdiv1">Instituto de Investigaciones Sociales</institution>
					<institution content-type="orgname">UNAM</institution>
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						<named-content content-type="city">México</named-content>
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					<email>cuevaperus@yahoo.com.mx</email>
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				<year>2016</year>
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen:</title>
				<p>El artículo hace énfasis en las ventajas teóricas y metodológicas de la antropología cultural, utilizando además el psicoanálisis de D.W. Winnicott para mostrar que la recuperación de esos estudios puede revitalizar el debate sobre los rasgos más sobresalientes de una parte importante de las mentalidades en México. La condición de base que hemos encontrado para que esta fecundidad del debate pueda darse reside en no dar por mutuamente excluyentes al individuo y la sociedad. Este artículo se propone señalar que desde la antropología cultural en general, y en particular desde los estudios de cultura y personalidad, pueden sortearse los obstáculos que la psicologización de las relaciones sociales (que se ha inclinado por el individuo &quot;sin sociedad&quot;) ha creado para el estudio de mentalidades.</p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract:</title>
				<p>This article discusses the theoretical and methodological advantages of cultural anthropology, complemented by D.W. Winnicott's approach to psychoanalysis, in an effort to demonstrate that recovering studies in these fields can revitalize the debate on the most significant characteristics of key elements of mentalities in Mexico. The fundamental condition required for this debate to produce fecund contributions consists in ceasing to consider 'individual' and 'society' as mutually-exclusive entities. The essay proposes that cultural anthropology in general, and culture-and-personality studies more specifically, can contribute significantly to overcoming the obstacles that the psychologization of social relations has erected for the study of mentalities through its inclination to analyze the individual &quot;without society&quot;.</p>
			</trans-abstract>
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				<title>Palabras clave:</title>
				<kwd>psicologismo</kwd>
				<kwd>antropología</kwd>
				<kwd>cultura y personalidad</kwd>
				<kwd>México</kwd>
			</kwd-group>
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				<title>Keywords:</title>
				<kwd>psychologism</kwd>
				<kwd>anthropology</kwd>
				<kwd>culture and personality</kwd>
				<kwd>Mexico</kwd>
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	<body>
		<p>En México y en otros países de América Latina no se ha desarrollado mucho el estudio de las
			llamadas <italic>mentalidades</italic>. Si bien ni la antropología cultural ni la
			psicología social recogieron este término proveniente de la disciplina histórica, no me
			parece que esté en desuso, pese a que ha sido objeto de debate desde la década de los
			sesenta. La historiografía mexicana reciente a veces sigue utilizándolo, como ocurre por
			ejemplo con Solange Alberro, quien recuerda la cercanía de la &quot;historia de las
			mentalidades&quot; con la psicología, por ejemplo en Lucien Febvre: así, en el estudio
			de las mentalidades, &quot;lo psicológico prevalece sobre lo intelectual, y lo
			automático e inconsciente sobre lo que procede de las operaciones mentales
				deliberadas&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref> asunto que,
			según se verá, comenzó a parecerle de importancia a la antropología cultural desde la
			década de los veinte, también en la cercanía con la psicología. No he querido trabajar
			con el concepto de <italic>habitus</italic> de Pierre Bourdieu ya que la referencia a la
			sociología rebasaría demasiado este estudio. Existe además otra razón, y es que los
			rasgos de la mentalidad mexicana descritos aquí a juicio permean distintas posiciones
			sociales, de arriba abajo, lo que vuelve igualmente difícil trabajar con las sugerencias
			sobre la <italic>cultura</italic> que hace Carlo Ginzburg en <italic>El queso y los
				gusanos</italic>,<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref> salvo por lo que
			pudiera ser una forma de cultura &quot;impuesta a las clases subalternas&quot; (no lo
			exploro aquí, por lo que el problema queda abierto). No han perdido vigencia las
			definiciones de Jacques Le Goff recogidas por Roger Chartier, ya que el estudio de las
			mentalidades no se reduce a <italic>tópicos</italic>, sino que replantea el modo de
			entender la Historia, según lo indica Lynn Hunt,<xref ref-type="fn" rid="fn3"
					><sup>3</sup></xref> sobre todo que toca a la psicología; si bien no niegan lo
			que pudieran aportar en otro tipo de trabajo, más amplio, los estudios de Bourdieu, con
			los cuales en más de un punto pueden entrecruzarse, o los de Ginzburg y los de la misma
			Hunt. Señala Chartier siguiendo a Le Goff -quien habla directamente de &quot;atracción
			recíproca de la historia de las mentalidades y la psicología social&quot;<xref
				ref-type="fn" rid="fn4"><sup>4</sup></xref>- que &quot;frente a la idea,
			construcción consciente de un espíritu individualizado, se opone la mentalidad siempre
			colectiva que regula, sin explicitarse, las representaciones y los juicios de los
			sujetos en sociedad&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn5"><sup>5</sup></xref> Este
				<italic>no explicitarse</italic> supone condicionamientos no conocidos e
			interiorizados en un sistema de representaciones y un sistema de valores que aquí
			prefiero considerar como creencias, y gestos, actitudes y conductas, que según Le Goff
			no excluyen la toma de conciencia de esa Historia. Al mismo tiempo, la mentalidad de un
			individuo, que la comparte con los hombres de su época, está ligada con lo cotidiano y
			automático que, aun viviéndose individualmente, es al mismo tiempo impersonal<xref
				ref-type="fn" rid="fn6"><sup>6</sup></xref> al estar más allá de cada individuo por
			separado. Según Le Goff, la historia de las mentalidades se ubica &quot;en el punto de
			conjunción de lo individual con lo colectivo, del tiempo largo y de lo cotidiano, de lo
			inconsciente y lo intencional, de lo estructural y lo coyuntural, de lo marginal y lo
				general&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn7"><sup>7</sup></xref> La antropología
			cultural, según se verá, ha buscado en la misma encrucijada de lo individual y lo
			colectivo, pero con otras herramientas, y a partir del estudio se abre la posibilidad de
			que se convierta en idea -incluso para el actuar- algo que antes no alcanzaba a
			explicitarse, aunque fuera una <italic>herramienta mental</italic>, como dice Lucien
			Febvre, que estructura la experiencia, siguiendo a Jacques Revel, como lo recuerda
				Alberro.<xref ref-type="fn" rid="fn8"><sup>8</sup></xref>
		</p>
		<p>No abundan los estudios sobre la mentalidad de los mexicanos -así, en plural-. Los trabajos
			existentes sobre el <italic>mexicano</italic> o sobre lo <italic>mexicano</italic> sin
			plural tienden a privilegiar el ensayo, no exento de metáforas ni de arquetipos, y en
			algunos casos más o menos cercano al texto académico, pero sin llegar a constituirse
			propiamente como tales. Hay dos ensayos clásicos: <italic>El laberinto de la
				soledad</italic> (1950) de Octavio Paz, con un buen grado de divulgación de masas, a
			riesgo de llegar a que el perfil nacional sugerido se convierta en estereotipo; y el
			bastante anterior <italic>El perfil del Hombre</italic> y <italic>la cultura en
				México</italic> (1936), de Samuel Ramos. Por su parte, Santiago Ramírez, apoyado en
			el psicoanálisis, publica <italic>El mexicano: psicología de sus motivaciones</italic>,
			obra relativamente más reciente, ya que la primera edición apareció en 1959. Es posible
			entrever en estos ensayos el riesgo de la creación de una <italic>naturaleza</italic> de
				<italic>un mexicano</italic> que se convierta en la de <italic>todo
				mexicano</italic>. Si bien hay características generales y heredadas por una
			historia compartida, sobre todo a partir de la revolución de 1910, que en la
			&quot;bola&quot; favoreció el ir y venir de grandes masas de la población entre
			distintas regiones, no es posible pensar que esa misma naturaleza esté
				<italic>codificada</italic> -¿incluso genéticamente y por igual en el norte que en
			el sur?- de tal forma que no quepan la individuación, las diferencias significativas en
			el espacio y en el tiempo, e incluso formas de negar una larga herencia a partir de
			influencias foráneas y en particular de la estadounidense.</p>
		<p>Si bien <italic>La jaula de la melancolía</italic>, publicado en 1987 por Roger Bartra,
			pareciera ser en cambio un texto elaborado desde la academia -¿pero para ella?-, no deja
			de ser en más de un aspecto también un ensayo que recurre a una metáfora, la del
			ajolote, y a un conjunto de afirmaciones que no son todas del mismo nivel de elaboración
			teórico-metodológica, pese a que evita la tentación de crear una naturaleza mexicana
			ahistórica. Todos los textos mencionados parecieran ubicarse en el límite entre el
			psicoanálisis y &quot;algo más&quot;, por momentos la antropología, pero sin que
			&quot;algo&quot; específico se haya constituido plenamente como objeto académico: Bartra
			ciertamente tiene como referencia la antropología y Ramos y Ramírez el psicoanálisis,
			mientras que Paz busca por otros derroteros. Ninguno de ellos aborda las
				<italic>mentalidades</italic>, con lo que esto tiene de propiamente académico en la
			teoría y en el método. Tal vez sea sorprendente que ninguno se adentre a fondo en la
			psicología social, pese a que existe en México y a que ha servido también para acercarse
			al <italic>mexicano</italic> en singular, por ejemplo con los trabajos, académicos
			también, de Rogelio Díaz Guerrero (por ejemplo, <italic>Psicología del
			mexicano</italic>, 1983). Ocurre como si hubiera que ver lo que sucede en algún
			&quot;inconsciente&quot; del mexicano &quot;individual&quot;, convertido hasta cierto
			punto en un &quot;mexicano invariable&quot;. Es así que, a pesar de que se explora por
			ejemplo la figura de la madre, suele olvidarse de modo sorprendente el guadalupanismo;
			se desconocen hechos históricos básicos -como la existencia de mujeres peninsulares en
			la época virreinal- y variaciones significativas según se trate de poblaciones rurales o
			urbanas, entre otros elementos que llevan a pensar en una mayor complejidad.</p>
		<p>Aquí se recordará que en la frontera académica entre psicoanálisis y antropología cultural
			existe desde hace tiempo material teórico y metodológico suficiente para retomar ciertos
			aspectos del tema -es imposible agotarlos todos-, aunque también para reelaborarlo desde
			una perspectiva más académica y ajena a una &quot;naturaleza del mexicano&quot;
			demasiado estereotipada y mitificada. Mostraré en un primer apartado que el
			psicoanálisis tiene limitaciones cuando se convierte en psicologismo y en la supuesta
			solución a &quot;todo&quot; conflicto psíquico, y probablemente sean las mismas
			limitaciones las que llegan a aparecer cuando se abusa de ciertos arquetipos sobre el
			machismo o sobre la mujer &quot;chingada&quot; en México. En un segundo apartado
			recordaré los puentes que la antropología cultural tendió entre el psicoanálisis y el
			estudio de la sociedad. Otras exploraciones son posibles, según lo sugeriré a modo de
			ejemplo en el tercer apartado. Es así que, luego de un debate sobre el método
			problemático del psicologismo, que pretende asociar <italic>inconsciente</italic> y
				<italic>naturaleza humana</italic>, y de recordar que en la antropología cultural
			los estudios sobre <italic>cultura y personalidad</italic> han aportado valiosos
			instrumentos teórico-metodológicos, propondré a modo de ejemplo otro enfoque sobre la
			problemática de la madre y su lugar en la familia en México, partiendo de que
				<italic>individuo y sociedad</italic> no son excluyentes y evitando generalizar. He
			escogido la relación madre-hijo entre otras cosas porque suele mostrar en la práctica
			social mexicana la distancia entre la pretensión sacra, que llega en la religión hasta
			el guadalupanismo y que tiene un origen más foráneo de lo que suele creerse -el culto
			mariano y la madre peninsular-, y los efectos reales de ciertas patologías que por lo
			demás llegan a extenderse ampliamente por el cuerpo social más allá de este núcleo
			familiar muy primario.</p>
		<sec>
			<title>Teoría y método del psicologismo: atractivos y desventajas (sobre un &quot;método extraterritorial&quot;)</title>
			<p>He querido plantear primero algunos de los problemas que se encuentran en una forma de
				psicoanálisis: el psicologismo.<xref ref-type="fn" rid="fn9"><sup>9</sup></xref> Los
				problemas son a la vez teóricos y de método y desembocan en un solipsismo
				curiosamente aceptado: no hay sociedad, sólo problemas individuales. Desde su
				fundación con Freud, el psicoanálisis ha pretendido tener un estatuto particular de
				extraterritorialidad dentro de las ciencias humanas. A este peculiar estatuto
				teórico -que como sea no incumbe a la evolución posterior de todas las corrientes
				psicoanalíticas- se ha sumado el problema del método, que también reclama un
				estatuto extraterritorial y que por momentos pareciera haberse reducido a trabajar
				con la detallada exposición de Anna Freud en <italic>El yo y los mecanismos de
					defensa</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn10"><sup>10</sup></xref> Así, el
				método y en particular la práctica muchas veces pretenden centrarse ante todo en el
				individuo relativamente aislado, y cerrarse al intercambio con ciencias capaces de
				describir lo que podríamos llamar &quot;el entorno social&quot; del mismo individuo.
				Este estatuto de extraterritorialidad, aunque pareciera garantizar la neutralidad
				del análisis, bien puede servir para hacer pasar, digamos que subliminalmente, una
				forma única o exclusiva de encarar la existencia: desde lo estrictamente individual
				y subjetivo.</p>
			<p>En la actualidad existen las más diversas prácticas psicológicas y psicoanalíticas, y casi
				todas -con excepciones como por ejemplo la psicología de la autoestima de Nathaniel
				Branden- reconocen al padre fundador en Freud y por ende a la vez un cuerpo teórico
				y un método, aunque con muchas variantes que pueden ir desde la psicología a secas
				-la psicología dinámica, por ejemplo-, donde el psicologismo es a veces extremo,
				hasta las diversas escuelas lacanianas o la logoterapia, explícitamente alejada de
				Freud en muchos puntos. Junto al reconocimiento del inconsciente, individual, lo que
				casi todas estas corrientes tienen en común es el virtual desconocimiento del
				inconsciente social y la muy baja integración en la práctica de los resultados de la
				psicología social, mucho menos desarrollada en la investigación que el análisis en
				el consultorio y que la psicología experimental. Al menos en teoría, en el
				psicoanálisis de Erich Fromm pudiera -o debiera- encontrarse el llamado de alerta
				contra la adaptación social a cualquier precio -el llamado a &quot;ser
				funcional&quot; frecuente en las expresiones de muchos psicoanalistas, y que por lo
				demás plantea el dilema de adaptarse o alienarse-. Fromm sí trata el problema
				planteado al individuo por una sociedad que llega a enfermarse y lo aborda sin
				rodeos, recurriendo no sólo a la noción de <italic>inconsciente
					social</italic>,<xref ref-type="fn" rid="fn11"><sup>11</sup></xref> sino también
				a Marx, lo que ha llegado a hacer pensar que este aspecto de la obra de Fromm, que
				trata sobre todo de la alienación, pudiera estar en desuso.<xref ref-type="fn"
					rid="fn12"><sup>12</sup></xref> Si se excluye de lo que Robert Castel insiste en
				llamar &quot;la otra escena&quot; -la del inconsciente- la dimensión socio-política
				-o social y cultural-, puede suceder que todo el peso de tal o cual enfermedad
				psicológica recaiga en exclusiva en el individuo por adaptar, re-adaptar o
				&quot;volver funcional&quot;. Sin coincidir por completo con un ya un poco añejo
				estudio del mismo Castel, que se apoya sobremanera en una línea de interpretación
				muy semejante a la de Bourdieu y Passeron, no deja de parecernos por lo menos
				extraña, cuando no incluso arriesgada, esta forma de &quot;privatizar&quot; la
				enfermedad, de hacerla privativa del individuo y a lo sumo del entorno familiar, en
				particular de las figuras parentales.</p>
			<p>En el tronco freudiano, el problema teórico-metodológico aparece por dos lados. Por una parte,
				los escritos de Freud más cercanos a la fundación de una psicología social son
				limitados en comparación con el resto de su obra y tienen un enfoque fuertemente
				psicologizante: se trata en particular de <italic>Psicología de masas y análisis del
					yo, El porvenir de una ilusión, El malestar en la cultura, Tótem y tabú y Moisés
					y la religión monoteísta</italic>. Este sesgo es mayor en la medida en que, como
				lo sugiere Castel, Freud, aunque era revolucionario para su época, no estuvo
				mayormente interesado en sacar al análisis de la órbita familiar. Así, Serge
				Leclaire, por ejemplo, no duda en afirmar que &quot;en la actualidad, tanto si lo
				desea como si no lo desea, tanto si lo sabe como si lo ignora, el psicoanalista se
				ha convertido en una especie de encargado de la solución de los conflictos
					psíquicos&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn13"><sup>13</sup></xref> Al mismo
				tiempo, estos conflictos se reducen en realidad a un trauma, el de la <italic>escena
					primitiva</italic>, y no pasan de un entorno familiar que para el mismo Leclaire
				existe apenas como institución sacralizadora de la vida sexual.<xref ref-type="fn"
					rid="fn14"><sup>14</sup></xref> Esta escena primitiva es la que también está
				presente en un diván en el cual el psicoanálisis, según Leclaire, tiene algo de
				incestuoso: &quot;La práctica psicoanalítica es incestuosa en su esencia&quot;,
					dice,<xref ref-type="fn" rid="fn15"><sup>15</sup></xref> aludiendo a un
				posicionamiento ante esta escena. Así, &quot;el hecho, por ejemplo, de que en la
				actualidad la <italic>realidad de la escena primitiva tienda a revelarse más
					concretamente a través del consultorio analítico que en el marco de la
					habitación de los padres indica, efectivamente, algo relacionado aun al
					desplazamiento del centro de gravedad</italic>&quot;.<xref ref-type="fn"
					rid="fn16"><sup>16</sup></xref> Preguntémoslo de este modo irónico: ¿la
				violación de la indígena por el conquistador español -cuando la hubo- debería ser
				tratada caso por caso en el diván, o tratada como asunto de poder o como metáfora
				del mismo, de un poder que está un poco más allá de esa habitación? Fuera del
				individuo, el psicoanálisis reconoce entonces a lo sumo a la familia. Hay un
				desplazamiento del centro de gravedad -de retorno-desde la situación familiar a la
				situación analítica, &quot;desde el lecho de los padres al diván del
					psicoanalista&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn17"><sup>17</sup></xref> donde
				&quot;el acontecimiento nace por segunda vez&quot;. Como afirma Castel refiriéndose
				a Leclaire, incluso en la referencia a la familia se vuelve a expulsar la dimensión
				social: &quot;El 'orden literal', la articulación de los significantes, no se
				obtiene solo a expensas del orden realista de lo vivido, sino también a expensas del
				orden biológico-económico-político-social de la institución familiar&quot;.<xref
					ref-type="fn" rid="fn18"><sup>18</sup></xref> El problema del individuo ante su
				sociedad ha sido excluido.</p>
			<p>Freud podía llegar lejos por momentos en la psicologización. Así, por ejemplo, reprochaba al
				marxismo no tomar en cuenta las &quot;originarias mociones pulsionales del
				Hombre&quot;, para considerar líneas después que la psicología tenía el derecho de
				abarcarlo todo más allá de las ciencias naturales: &quot;Es que en verdad la
				sociología, que trata de la conducta de los hombres en sociedad, no puede ser otra
				cosa que psicología aplicada. En sentido estricto sólo existen dos ciencias: la
				psicología, pura y aplicada, y la ciencia natural&quot;.<xref ref-type="fn"
					rid="fn19"><sup>19</sup></xref> Resulta así que Marx no había tomado en cuenta
				el papel de la pulsión de autoconservación, el placer de agredir, la necesidad de
				amor y el esfuerzo por lograr una ganancia de placer y evitar el displacer, aún bajo
				el imperio de determinadas condiciones económicas.<xref ref-type="fn" rid="fn20"
						><sup>20</sup></xref> En las resistencias al psicoanálisis, como las hubo
				contra Darwin o contra Copérnico, no sólo había la frecuente y normal desconfianza
				ante lo nuevo, ya que también podían estar presentes las defensas del neurótico.
				Según Freud, &quot;las intensas resistencias al psicoanálisis&quot; no eran de
				naturaleza intelectual, sino que brotaban de fuentes afectivas. Así se explicaban su
				apasionamiento y su desprecio por la lógica. La situación, prosigue, obedeció a una
				fórmula simple: los seres humanos, como masa, se comportaron hacia el psicoanálisis
				exactamente como lo hacían los individuos neuróticos a quienes se trataba por sus
				dolencias; pero a estos últimos era posible demostrarles con un trabajo tenaz que
				todo había ocurrido tal cual se lo aseveraba. En efecto, no se lo había inventado,
				sino averiguado mediante el estudio de otros neuróticos y en una labor de varias
					décadas.<xref ref-type="fn" rid="fn21"><sup>21</sup></xref> La dimensión social
				quedó reducida así a una explicación pulsional-individual; Marx no la tomó en
				cuenta, pareciera que despreocupándose así de cierta <italic>naturaleza
					humana</italic> básica, y no está excluido que para colmo quienes se resistieran
				a la innovación psicoanalítica estuvieran bajo la influencia de una suerte de
				neurosis. Como lo ha recordado Castel y como efectivamente puede notarse en
				&quot;Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico&quot;,<xref
					ref-type="fn" rid="fn22"><sup>22</sup></xref> Adler y Jung fueron a su vez
				duramente criticados por buscar dimensiones sociales más allá de lo delineado para
				el individuo y de nociones como la importancia de la sexualidad infantil o el Edipo,
				como si ello hubiera equivalido a salir de lo analítico a lo no analítico.<xref
					ref-type="fn" rid="fn23"><sup>23</sup></xref> El psicoanálisis estableció así
				una naturaleza humana en la ingravidez social y un modo de encarar la existencia
				desde esta misma naturaleza, así sea solipsista.</p>
			<p>Por otra parte, la práctica psicoanalítica, con excepciones, ha dado por sentada como parte del método la neutralidad del profesional que brinda el servicio. Según Castel, al estar basada en la premisa de que la dimensión social y política está fuera del inconsciente, así sea como &quot;residuo&quot;, quien practica esta profesión que &quot;rompe las defensas&quot; y &quot;hace salir&quot; lo reprimido se sitúa de entrada en un ámbito de extraterritorialidad, como si la práctica no pudiera ser atravesada por ninguna determinación -ya no se diga influencia más allá de la familia, como máximo-. Es una posición que así se vuelve ahistórica, asocial y apolítica; es, dice Castel, &quot;la definición misma de Dios: la soberana neutralidad, el árbitro, la 'otra escena' como lugar donde no pasa la crítica, rechazada por la tajante espada de la ruptura epistemológica&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn24"><sup>24</sup></xref> Castel insiste en que no se trata todo del psicoanálisis. El tiempo ha demostrado, a través de trabajos como por ejemplo los de Slavoj Zizek,<xref ref-type="fn" rid="fn25"><sup>25</sup></xref> cómo el psicoanálisis, el de Lacan en este caso, puede servir incluso para dar cuenta de lo que es la ideología y de su funcionamiento si se quiere &quot;más íntimo&quot;. Como sea, la extraterritorialidad a la que se refiere Castel supone un tipo de neutralidad absoluta del psicoanalista que es muy difícil de creer, más allá incluso de las condiciones materiales que describe el mismo Castel y que corresponden a las formas de contrato para la prestación de servicios entre las profesiones liberales en las sociedades de mercado. No creo, a diferencia de Castel, que sean obligatorias ciertas formas de relación determinista entre el tipo de contrato material y la neutralidad del servicio prestado, aunque en cambio hay &quot;puestas en escena&quot; que a veces pueden acarrear alguna forma de violencia simbólica: Castel no es el único en afirmarlo, Frankl lo decía a su modo, como lo dijo -tal vez con más ironía- Jacques Lacan. En efecto, el psicoanalista olvida a menudo que sólo es un &quot;sujeto supuesto saber&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn26"><sup>26</sup></xref> A juicio de Castel,</p>
			<disp-quote>
				<p>[...] este poner entre paréntesis lo que en la vida social es determinante no equivale nunca
					a su eliminación pura y simple. La relación entre &quot;lo real&quot; [o del
					inconsciente, como le llamaríamos nosotros] y &quot;la realidad&quot; es una
					relación de exclusión convenida: la realidad <italic>debe ser
						suspendida</italic> para que pueda manifestarse la dinámica propia del
						inconsciente.<xref ref-type="fn" rid="fn27"><sup>27</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Hasta aquí, diríase que es comprensible: no se va al psicoanalista para discutir de política
				ni para cambiar la sociedad, criticarla, reformarla o justificarla. Sin embargo,
				parece difícil que esta dimensión pueda ser totalmente evacuada y vuelta por
				completo exterior y ajena al individuo, en cuyo caso éste estaría en lo que Castel
				llama &quot;la ingravidez sociológica&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn28"
						><sup>28</sup></xref> En realidad, para Castel, esta convención no es
				&quot;una relación de exterioridad: lo que se pone entre paréntesis [...] continúa
				presente en la relación analítica, pero ha sido <italic>neutralizado</italic>,
				invalidado, disfrazado y se ha vuelto irreconocible&quot;.<xref ref-type="fn"
					rid="fn29"><sup>29</sup></xref> ¿O es que incluso ha pasado al inconsciente y
				debe permanecer aquí? En efecto, hay un primer movimiento que mediante la
				subjetivación supone una suerte de privatización; al respecto Castel sostiene:</p>
			<disp-quote>
				<p>El psicoanálisis, tiende siempre a la <italic>privatización</italic>. &quot;El
					analizando&quot; es a la vez invitado y llevado por el proceso de subjetivación
					inducido por la situación analítica a poner entre paréntesis la dimensión de lo
					social y lo político. El psicoanalista dirige este proceso desde su posición de
						&quot;neutralidad&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn30"><sup>30</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Podría decirse que hay aquí una operación de desconocimiento de la realidad en aras del
				reconocimiento de un &quot;real&quot; -el inconsciente- que se presenta como
				principal atractivo y que en teoría tiene sus propias reglas. A diferencia de lo que
				parece ocurrir con las dimensiones social y política, el individuo está invitado a
				centrarse en sí mismo, con toda libertad y sin límites -al ser confundidos ciertos
				límites con determinismos-, máxime que todo es libre desde esta convención, a
				comenzar por la libre asociación. Desde este punto de vista, no es falso lo que
				señala Castel cuando afirma que &quot;si es cierto que el psicoanálisis se
				constituye mediante una 'abstracción', [...] tal abstracción se define tanto por las
				condiciones que excluye como por los axiomas que postula&quot;.<xref ref-type="fn"
					rid="fn31"><sup>31</sup></xref> Al mismo tiempo, puede ocurrir que la dimensión
				social y política sea en realidad de una u otra manera remodelada al volverse
				inconsciente: como sugiere Castel, &quot;lo 'extranalítico' está presente en el
				dispositivo analítico, pero bajo una forma en general
				<italic>ignorada</italic>&quot;, y &quot;este desconocimiento no es una simple
				ignorancia, ni tampoco una pura ocultación, sino una <italic>reinterpretación
					unilateral</italic> [parcial] que ocasiona efectos sociales igualmente
					unilaterales&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn32"><sup>32</sup></xref> ¿Se trata
				de la reivindicación de toda libertad individual absoluta y de hacer pasar ésta por
				la naturaleza humana misma? No es de descartar que en vez de dejar entre paréntesis
				lo &quot;extranalítico&quot; y habiéndolo hecho en realidad jugar en el
				inconsciente, el individuo se posicione de otro modo ante la problemática social y
				política. Para Castel lo que hay es &quot;la presencia implícita de esas condiciones
				prosaicas que explícitamente él excluye&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn33"
						><sup>33</sup></xref> Así, &quot;el dispositivo analítico implica como su
				condición de posibilidad y reitera en cada una de sus fases aquello mismo que
				excluye para existir&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn34"><sup>34</sup></xref> En
				particular, no está ausente cierta invitación a posicionarse en la creencia de que
				solo las soluciones estrictamente individuales cuentan y son posibles, además de ser
				las que están acordes con &quot;la naturaleza del Hombre&quot;, aunque los contextos
				de estas soluciones ya ni siquiera sean perceptibles o conscientes. En otro plano,
				la psicologización puede llevar a un modo de &quot;resolución&quot; institucional
				que se centre exclusivamente en la dimensión privada, aunque agreguemos que con el
				atractivo de prometer el dar a cada quien una &quot;subjetividad&quot;: equivaldría
				a lo que Castel llama &quot;la institucionalización de un nuevo modo de relación
				privada como modalidad social de control de los problemas sociales&quot;.<xref
					ref-type="fn" rid="fn35"><sup>35</sup></xref> En vez del binomio
				autoridad-coerción, este control se ejercería, a diferencia de antaño, como
					persuasión-manipulación.<xref ref-type="fn" rid="fn36"><sup>36</sup></xref>
			</p>
			<p>Se cuenta así con poca psicología social, aunque ésta se ha desenvuelto como tal, y con muy pocos puentes que permitan ampliar los horizontes sociales del psicoanálisis, que en cambio se instala en otro atractivo, ya sugerido: el de la solución -real o supuesta- que engrandece a un individuo aparentemente único en su subjetividad y no limitado por prácticamente nada, lo que pareciera más acorde como la supuesta evidencia de una &quot;naturaleza&quot;. Desde este mismo punto de vista, puede parecer extraño que existan puentes entre la psicología y el psicoanálisis y otras disciplinas tales como la antropología, aunque los ha habido, según se verá. Si existen facultades o escuelas de psicología, difícilmente se encuentran en ámbitos públicos, centros o institutos de investigación en estas materias. Los estudios sobre las mentalidades en México suelen ser entonces limitados, como ya se ha observado, y tal vez incluso poco capaces de nutrirse de distintas ciencias sociales: el mismo Freud, dicho sea de paso, solía pasar de datos fisiológicos y biográficos a la literatura sin detenerse mucho en otro tipo de reflexión social.</p>
			<p>El otro aspecto a considerar en la psicología es el conductismo que tiene consecuencias hasta en la ingeniería del comportamiento. Abram Kardiner le reprochaba al conductismo olvidar que el observador de la conducta humana es un ser humano. Según Kardiner, &quot;en sus series de control, Watson fracasó al no tomar en cuenta al observador, que no opera con instrumentos tales como el termómetro, el manómetro o la regla, sino con los instrumentos del juicio, la inferencia y una gran cantidad de procesos aprendidos que forman su sentido común&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn37"><sup>37</sup></xref> En este caso está más clara la tesis sugerida por Castel, en el sentido de que hay en el psicologismo un remplazo de la coerción por formas sutiles de persuasión-manipulación. No me detendré aquí en estas corrientes: lo cierto es que es posible encontrarlas -con frecuencia viéndolas utilizar métodos cuantitativos (tests, encuestas, etcétera...), más o menos sofisticados- desde la empresa, a modo de acompañamiento cuando los recursos humanos fallan y deben ser readaptados, hasta los medios de comunicación masiva, en los cuales no están excluidas formas de charlatanería y de autoayuda de la más diversa índole, que de todos modos se nutren del psicologismo casi siempre con un mismo supuesto: el mal del individuo no recae más que en el individuo mismo, lo cual convierte, dicho sea de paso, una injusticia que puede ser social en una desgracia individual, cualesquiera sean las circunstancias exteriores imposibles de cambiar, y será entonces el mismo individuo el que tendrá que modificar sus &quot;percepciones&quot;. Nótese que no he tomado en cuenta aquí tampoco la llamada antipsiquiatría ni la terapia Gestalt, en medio de una auténtica proliferación de lo que parecen ser más técnicas que análisis, si es que el psicoanálisis es reflexión y que serían -sobre todo en algunas variantes de autoayuda- las que se encuentran más cerca de la persuasión-manipulación.</p>
			<p>Castel señala que Freud no encontró del todo el modo de pasar de lo individual a lo social en las obras de estudio de la cultura ya citadas más arriba: desde este punto de vista, Castel muestra el poco interés del psicoanálisis por la sublimación, por ejemplo<xref ref-type="fn" rid="fn38"><sup>38</sup></xref> y la ausencia de un método que permita volver de lo individual a la dimensión socio-política de tal modo que no se trate de escoger entre lo uno o lo otro, y de que no haya determinismo a ultranza. Insistamos en que Castel critica el psicologismo, que se traduce además por una lectura de los fenómenos sociales con lo que Castel llama &quot;una luz derivada, a partir de los intereses libidinales de los individuos, únicamente. Esta aproximación, por importante que sea, deja totalmente fuera de su alcance la cuestión de las funciones sociales del fenómeno estudiado&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn39"><sup>39</sup></xref> La sociedad ya no es pensable como un &quot;afuera&quot; de esos intereses libidinales e individuales, sino apenas como una expresión modificada de los mismos. No hay una &quot;naturaleza social&quot; en juego para el &quot;animal social&quot;.</p>
			<p>He descrito así las limitaciones del psicologismo, aunque no son por fuerza las del psicoanálisis todo ni mucho menos de todas sus corrientes. Como sea, incluso en pensamientos como el de Lacan, a partir del cual hará su trabajo Slavoj Zizek -o a partir del cual se acerca a muchos males sociales contemporáneos, en particular al de la perversión, el psicoanalista belga Jean-Pierre Lebrun, dialogando con otras profesiones, de la teología a la literatura-, es posible encontrar una fuerte resistencia a considerar la dimensión o el contexto sociales del individuo, trátese del paciente o del analista. En las escuelas lacanianas, por ejemplo, más de uno se guarece en ese gran otro que aunque tachado, y por ende sin respuestas a todo, justifica un estado de cosas al que no es ajeno tampoco el grafo del deseo.</p>
			<p>Raúl Béjar constató en su momento las enormes dificultades para establecer en México algo así
				como una psicología del mexicano, dadas las numerosas limitaciones teóricas y
					metodológicas.<xref ref-type="fn" rid="fn40"><sup>40</sup></xref> Tampoco parece
				que la psicología social -que no se ocupa de estructuras o sistemas sociales en su
				totalidad, sino del &quot;comportamiento social <italic>del individuo</italic>, al
				menos según tratados como el de Hogg y Vaughan-<xref ref-type="fn" rid="fn41"
						><sup>41</sup></xref>, se haya apresurado a establecer un dialogo amplio con
				otras disciplinas.</p>
			<p>El psicologismo ha cundido tal vez porque ha ofrecido el atractivo de ocuparse del individuo que pareció por mucho tiempo olvidado en los grandes relatos que poco trataron de biografías. Este mismo psicologismo terminó instalándose como una especie de método en una parte de las ciencias sociales, en particular en la sociología y en la antropología, que han estado ocupadas en narrar historias de vida. Al final, el mismo psicologismo ocupó el vacío dejado por la creencia de que no es posible dar cuenta de la sociedad como un todo y de que, para quienes lo intentaron, tratando de paso de cambiar un estado de cosas, el final llegó con generalizaciones vagas y justificaciones para sistemas reprochables. No obstante, hay espacios enteros de las ciencias sociales que en la teoría y en las sugerencias metodológicas consiguieron tomar en cuenta ambas dimensiones sin volverlas excluyentes.</p>
			<p>Lo que quisiéramos demostrar aquí es que existe en la teoría psicoanalítica y en sus diversas corrientes suficiente material para que, aún sin ser una &quot;ciencia acabada&quot; -¿alguna lo es?-, pueda hacerse el camino contrario del que suele proponer el psicologismo: en efecto, un método correcto permite inferir elementos de análisis interesantes del campo más o menos individual al social y viceversa; el ejemplo al que recurro más adelante, el de Winnicott, reconoce explícitamente la existencia de una interacción, antes que una retracción sobre el individuo: propone la salida del infante &quot;hacia la sociedad&quot; y no el refugio, incluso ya en el adulto, en la esfera privada y exclusivamente familiar, a nombre de una &quot;naturaleza humana&quot; más o menos invariable, sobre todo en lo &quot;real&quot;, y que no habría más que &quot;liberar&quot; de sus defensas de origen traumático e infantil.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>La construcción de otro método: la importancia olvidada de los estudios sobre cultura y personalidad</title>
			<p>Desde principios del siglo XX existió un diálogo a la vez polémico y fecundo entre el
				psicoanálisis y la antropología. Este diálogo parece haber sido bastante fértil
				durante la década de los veinte. Claudio Esteva-Fabregat sitúa un punto de inicio en
				los trabajos de C. G. Seligman, quien desde 1924 señalaba &quot;la necesidad de
				contar con la psicología para todo lo referente a la explicación de los problemas
				derivados del estudio de la conducta humana, y al mismo tiempo aplicó conceptos de
				introversión y extroversión para identificar la psicología primitiva y europea,
					respectivamente&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn42"><sup>42</sup></xref> Aunque
				fueran críticos del Freud de <italic>Tótem y tabú</italic>, autores como Kroeber
				(1920), Lowie (1920) y Boas (1920) consideraron de utilidad la psicología para el
				trabajo de campo antropológico.<xref ref-type="fn" rid="fn43"><sup>43</sup></xref>
				Más tarde, autores como Sapir, Mead y Benedict partieron en sus trabajos
				antropológicos de un muy buen conocimiento de los trabajos psicoanalíticos.<xref
					ref-type="fn" rid="fn44"><sup>44</sup></xref> Así, &quot;las teorías
				psicoanalíticas se convirtieron en hipótesis de trabajo para la
					antropología&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn45"><sup>45</sup></xref> aunque no
				parece que a la larga los estudios psicoanalíticos hayan actuado mucho en
				correspondencia. La antropología sí tomó en consideración las experiencias de
				socialización infantil; la síntesis, a juicio de Esteva-Fabregat, consistiría en</p>
			<disp-quote>
				<p>la combinación resultante de mezclar una teoría de la socialización infantil -influida por el Psicoanálisis- con el estudio de la configuración adulta definida por los patrones culturales existentes, de manera que mientras el sistema de causalidad del carácter cultural se inserta en los patrones culturales, las claves para este conocimiento se obtienen mediante el análisis del proceso de socialización infantil. La comunicación entre padres e hijos es el dinamizador fundamental de este carácter.<xref ref-type="fn" rid="fn46"><sup>46</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>La diferencia con el psicologismo está en que los patrones culturales no serían simples derivaciones de lo que ocurre con el individuo, ni menos con el niño: forzando un poco las cosas, el nazismo no es &quot;la niñez de Hitler&quot; e infancia no es destino. Lo que establecieron los estudios sobre cultura y personalidad es una interacción sin mayores determinismos, que dio cabida al psicoanálisis sin caer en el psicologismo ni en el método de la &quot;luz derivada&quot; criticado por Castel.</p>
			<p>Abram Kardiner reconocía que el psicoanálisis había aportado ante todo el punto de vista individual:</p>
			<disp-quote>
				<p>[...] lo importante y duradero del sistema de Freud fue su valoración del hombre desde el punto de vista biográfico, ya que era un método de valorar la historia del individuo [...] Desde el principio, encontramos que el psicoanálisis es una psicología que deja sin resolver los detalles de la adaptación, pero que intenta seguir ciertas maniobras globales de la personalidad sobre la trayectoria de una vida.<xref ref-type="fn" rid="fn47"><sup>47</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Dicho de otro modo, la adaptación no es la tarea fundamental -al menos no explícita- del psicoanálisis. Con todo, el mismo Kardiner señalaba que el psicoanálisis busca fallas, dado que</p>
			<disp-quote>
				<p>[...] en forma metodológica se ocupó de la vida emocional y sus motivaciones; describió ciertas fallas notables en la adaptación y un método para estudiarlas. Empezando como técnica psicológica con fines terapéuticos, gradualmente se convirtió en una psicología general [...] Los problemas planteados por el psicoanálisis ocupan ahora a todas las escuelas psicológicas, pero sólo algunas lo admiten francamente.<xref ref-type="fn" rid="fn48"><sup>48</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Kardiner consideraba más útil al psicoanálisis que a una psicología, como la conductista de
				Watson. Faltaba entonces crear las gradaciones entre individuo y sociedad que el
				psicoanálisis no había elaborado, salvo en la forma de proyección sobre los
				fenómenos sociales de las conclusiones de biografías individuales. Kardiner señaló
				que no es posible uniformar conductas individuales ni proyectarlas tal cual sobre la
				sociedad; existen variaciones en las respuestas a fenómenos como la
					frustración,<xref ref-type="fn" rid="fn49"><sup>49</sup></xref> y con más razón
				ante las circunstancias sociales, políticas, económicas y culturales. Lo que existe
				es el <italic>tipo de personalidad básica</italic>, que es algo distinto de una
					<italic>naturaleza humana</italic> y que indica que las experiencias tempranas
				del individuo ejercen un efecto duradero sobre su personalidad, por lo que recibir
				cuidados y crianzas similares tiende a crear configuraciones similares en la
				personalidad, aunque distintas según las culturas.<xref ref-type="fn" rid="fn50"
						><sup>50</sup></xref> Así quedó integrado el estudio de la socialización
				infantil, juntando el psicoanálisis de origen freudiano con los aportes de la
				antropología.</p>
			<p>Ninguno de estos autores quiso operar reduccionismo alguno. Para Kardiner, la naturaleza
				biológica del Hombre era reducida en comparación con la diversidad de culturas:
				&quot;Hay evidentemente en el hombre una gran plasticidad o, empleando la palabras
				más corriente, mucha <italic>adaptabilidad</italic>&quot;;<xref ref-type="fn"
					rid="fn51"><sup>51</sup></xref> &quot;en términos generales podemos decir que el
				hombre se distingue de los demás animales en que posee una proporción menor de
				adaptaciones filogenéticas fijas&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn52"
					><sup>52</sup></xref> Además de mayores reacciones adquiridas, lo que permite
				volver a tomar en cuenta lo que el psicologismo quiso excluir de lo
					<italic>real</italic>. Y como consecuencia, proseguía Kardiner, &quot;el
				desarrollo de las técnicas adecuadas para la vida independiente es más lento en el
				hombre que en los otros animales&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn53"
					><sup>53</sup></xref> puesto que es más arduo aprender que dar rienda suelta a
				lo innato. Para Ralph Linton no había que exagerar demasiado el peso sociocultural
				ni olvidar que por &quot;más cuidada que haya sido la preparación del individuo, y
				logrado su condicionamiento, sigue siendo un organismo distintivo con sus propias
				necesidades y con sus capacidades de pensar, de sentir y de actuar con toda
				independencia. Conserva incluso su individualidad en un grado
					considerable&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn54"><sup>54</sup></xref>
			</p>
			<p>Así, nunca hubo aquí anulación del individuo en nombre de la sociedad o la cultura.
				Esteva-Fabregat también insistió en señalar la diversidad de factores que influyen
				en esa variabilidad. Las diferencias de personalidad, considera entonces, son
				debidas a &quot;variaciones pertenecientes al equipo biológico y al del medio
				ambiente total&quot;, mientras que las similaridades pueden considerarse como dadas
				por &quot;regularidades ambientales o socioculturales&quot;. Toda personalidad,
				prosigue el autor, &quot;es un organismo que actúa dentro de un campo constituido
				por la cultura y por el medio físico, pero como tal organismo, está sometido a
				reacciones derivadas de su capacidad de modificación del ambiente&quot;, lo cual, a
				su vez, termina por modificarle a él mismo.<xref ref-type="fn" rid="fn55"
						><sup>55</sup></xref> Nótese que no hay aquí un individuo que cambie para sí
				mismo, solipsista y en situación extraterritorial: cambia influido por un medio
				sobre el que en principio tiene capacidad de acción, y no es entonces ninguna
					<italic>naturaleza humana</italic> estática. Así, lo que varía, considera
				Esteva-Fabregat, &quot;no es la conducta social objetiva, en cada caso derivada de
				la ejecución de un rol, sino que más bien varía la experiencia interna del mismo, ya
				que su recepción relativa por el individuo es, profundamente, única&quot;.<xref
					ref-type="fn" rid="fn56"><sup>56</sup></xref> Al mismo tiempo, el individuo
				busca en teoría reafirmarse en su independencia y asi,</p>
			<disp-quote>
				<p>[...] adopta aquel comportamiento que le es impuesto por métodos de socialización culturales, o sea propios de cada sociedad, mientras al mismo tiempo desarrollo técnicas sociales de adaptación a sus propios fines de seguridad y de realización autónoma, en el marco de límites dados por las metas de finalidad y por los medios provistos por cada cultura.<xref ref-type="fn" rid="fn57"><sup>57</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>En efecto, según el autor de <italic>Cultura, sociedad y personalidad</italic>, las respuestas
				dependen de los siguientes factores: 1) la organización biológica como una
				asociación simbiótica con el medio ambiente, 2) las formas de cultura empleadas para
				relacionarse con los objetos, 3) las metas de finalidad y ética de orientación que
				informan su comportamiento y 4) el estatus en la sociedad y el grado de satisfacción
				de las metas de finalidad.<xref ref-type="fn" rid="fn58"><sup>58</sup></xref> Ni
				siquiera desde el punto de vista de la psicología social sería aceptable reducir
				esta riqueza de experiencias internas a la llamada <italic>personalidad
					modal</italic> (una frecuencia de conducta medible y considerada como norma de
				comportamiento).</p>
			<p>Aquí estaban asentadas las bases de la mayor importancia -entre psicoanálisis y antropología- para llegar a un método que toma en cuenta a la vez (y en interacción) al individuo y a la dimensión sociocultural, sin que se excluyan mutuamente. Lo que interesa con los estudios en el área de cultura y personalidad, afirma Esteva-Fabregat,</p>
			<disp-quote>
				<p>es suprimir la dicotomía representada por lo etnológico y lo psicológico, respectivamente, como si cada categoría tuviera una significación independiente. En nuestro caso, ni siquiera se plantea cada una de ellas con autonomía de las otras. Lo que se intenta es explicar lo etnológico y lo psicológico como conceptos de una misma realidad empírica&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn59"><sup>59</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Es lamentable que esta dimensión que tomaba en cuenta la gran variabilidad de existencias y
				biografías individuales fue con frecuencia dejada de lado, por ejemplo en el
				sociologismo, marxista o no, para hacer encajar las trayectorias de vida en
					<italic>tipos ideales</italic> o <italic>tipificaciones</italic> grupales -de
				género, raciales, de edad, etc.-, que son las que se confundieron con una naturaleza
				humana. Quedaría por saber si distintas culturas y sociedades valorarían por igual
				el rasgo distintivo de la individualidad con la autonomía: hay en realidad
				variaciones que pueden influir incluso en las formas de estudiarlas.</p>
			<p>No hay en este ámbito de cultura y personalidad una disolución del individuo en una cultura de
				algún modo incuestionable y confundida a veces -en parte gracias al psicologismo-
				con los hábitos -de conducta-. Es en esta perspectiva que he encontrado en la
				antropología cultural, distinta de los estudios culturales, un puente bastante
				eficaz; en este terreno cabe destacar el énfasis de Esteva-Fabregat en el tema de
				cultura y personalidad, que ocupa toda una obra imposible de resumir aquí en su
				totalidad, pero que salva desde la antropología los escollos que aparecen en el
				psicologismo y sus influencias actuales. En esta misma perspectiva se encuentra la
				obra de Kardiner y no está de más señalar que, así como este segundo se analizó con
				Freud, Esteva-Fabregat trabajó con Fromm, a quien está dedicada la obra
					<italic>Cultura, sociedad y personalidad</italic>. Incluso fuera de México es un
				tipo de puente que ha sido poco seguido, salvo por ejemplo en obras como la de
				Gilbert Simondon -quien estudió la problemática de la individuación-o la de Didier
				Anzieu. El psicologismo que proponía colocar al individuo y su subjetividad fuera de
				todo contexto tendió de todos modos a ganar buena parte del debate, equiparando al
				individuo extraterritorial con una verdadera esencia humana, aunque a costa de lo
				adquirido previamente. Está evidenciado así con los tipos de personalidad, estén
				clasificados -como el tipo <italic>borderline</italic>- o no -como el perverso
				narcisista o el codependiente-, que proliferan los estudios para describir a estos
				individuos, pero escasean los textos que puedan situar estas patologías -e incluso
				sus orígenes en la infancia- como parte de contextos sociales más amplios y en
				ocasiones patológicos. Por lo tanto, las soluciones son individuales y en sociedades
				sobre las que en realidad se sabe poco -¿están o no sanas?-.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>Actualidad del debate: de Winnicott y la estructura familiar mexicana como ejemplo</title>
			<p>Es posible tender puentes entre el psicoanálisis y la antropología cultural en un caso
				específico, el de cierta cultura familiar mexicana basada en la madre, para explicar
				al mismo tiempo un patrón social con patologías y un modo de
				subjetivación-interiorización por el individuo que con frecuencia deja poco espacio
				para el rasgo distintivo de la respuesta escogida individualmente -por lo que tal
				vez el psicologismo resulta hoy atractivo en ciertos estratos sociales como
				&quot;liberación&quot;-. Tender esos puentes no es una tarea sencilla, y es
				necesario modificar algunas de las afirmaciones del psicologismo: considero posible,
				aún resguardando &quot;la otra escena&quot;, pensar la relación individuo-sociedad
				en interacción; por otra parte, este giro supone un método distinto, que no tiene
				por qué limitarse al ensayo y que puede encontrar apoyo en tesis psicoanalíticas que
				pueden hacerse en parte extensivas a la dimensión antropológica, teniendo cuidado de
				no generalizar, menos aún ante la complejidad social y regional mexicana actual. El
				método consiste, junto con recordar que cada experiencia interna es única en teoría,
				en subrayar que la búsqueda de la personalidad modal -la frecuencia estadística-,
				practicada a veces por la psicología social, no convierte aquélla en un ideal, así
				sea algo arquetípico, y entraña el riesgo de dar erróneamente por equivalente
				normalidad y norma. Describiré un tipo de dependencia madre-hijo que aunque
				frecuente, da lugar justamente a patrones socialmente aceptados que no por ello son
				forzosamente sanos. La disciplina de cultura y personalidad tiene una capacidad
				relativa para &quot;asumir como colectivas las problemáticas
					individuales&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn60"><sup>60</sup></xref> lo que
				marca una diferencia sustancial con buena parte del psicologismo. Esto es, dice el
				autor, &quot;hasta qué punto la neurosis de un individuo puede ser abordada como una
				neurosis de su sociedad. O hasta qué punto una estructura de personalidad es una
				reducción comprimida de la estructura de personalidad asumida o supuesta como
				estructura total de una sociedad&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn61"
					><sup>61</sup></xref> Un problema individual puede ser la expresión de uno
				social. Es de esa capacidad relativa -que no debiera implicar sacrificar el
				individuo a la sociedad- que parto para sugerir, desde la especificidad del
				psicoanálisis de D. W. Winnicott -quien plantea al individuo en interacción con un
				ambiente, de preferencia <italic>facilitador</italic>-, no un problema de neurosis,
				sino de dependencia inhabilitante&quot;, en el sentido que Ivan Illich entendía lo
				inhabilitante, entre otras cosas como forma de control y de creación de necesidades
				y de utilización de los problemas para hacerse necesario y dar cuidados
					paralizando.<xref ref-type="fn" rid="fn62"><sup>62</sup></xref> Esta dependencia
				tal vez sea frecuente en buena parte de la sociedad mexicana, aunque las formas de
				respuesta individual puedan variar al tenor de los diversos factores que los
				estudios de cultura y personalidad toman en cuenta.</p>
			<p>Los españoles son quienes introdujeron el culto mariano en buena parte de México, como por lo
				demás en muchos otros lugares de América Latina, que suele traducirse por un
				peculiar &quot;culto a la madre&quot; -en términos lacanianos, la madre es al mismo
				tiempo el primer otro (<italic>autrui</italic>) y en un culto como el mariano parece
				ser parte importante del <italic>gran otro</italic>-; este &quot;otro del lenguaje y
				del sexo&quot; hace en México referencia constante a la madre, con una hipertrofia
				-frente a un padre a la vez ausente y violento- de la que da cuenta Santiago
				Ramírez. El segundo punto es menos obvio: por las condiciones de la época virreinal
				e incluso también por algunos antecedentes de instituciones medievales españolas,
				las familias mexicanas de ciertos estratos tendieron a consagrar formas de
				endogamia, si bien no directamente incestuosas, algo que puede parecer al mismo
				tiempo extraño dado el mestizaje. Ramírez lo había notado más allá de la
				&quot;chingada&quot;, ya que el mismo español que tomaba a la indígena por placer
				buscaba para el matrimonio una española de buena o mejor posición social.<xref
					ref-type="fn" rid="fn63"><sup>63</sup></xref> Se trató de endogamia social por
				la importancia de los títulos nobiliarios, y en parte también explicable durante la
				época colonial por las condiciones de autarquía y poco vínculo con el exterior de la
				encomienda y la hacienda, y -hasta el siglo XX, según algunos estudios- por los
				intereses y las representaciones propias de los sectores oligárquicos. Una endogamia
				social puede convertirse por ejemplo en una regional. Brigitte Boehm Schoen-dube lo
				explica para el centro-occidente de México: la familia extensa es tal que abarca
				incluso a los no-parientes y parece &quot;disolver&quot; otras formas de
				adscripción, que pudieran por lo demás remplazar los lazos de dependencia por
				distancias que independizan. Según Boehm, la ideología de las oligarquías,
				construida a partir de la llegada de los españoles, sirve para controlar el acceso a
				los recursos; esta ideología crea una ficción de unidad que se establece por encima
				de las diferencias económicas y sociales, mediante la analogía con la familia -así,
				indios, pobres u oprimidos pueden ocupar el lugar de hijos o hermanos menores,
				necesitados de la protección de los adultos y el cuidado de las autoridades-. Esta
				idea de sociedad como familia impone un orden organizativo en su interior e irradia
				a la sociedad local y regional; y finalmente, las relaciones de parentesco
				atraviesan la división de la sociedad en clases y su función es mantener aquéllas y
				reproducirlas -reproducir el orden oligárquico, que dista mucho de carecer de
				contactos con el exterior-.<xref ref-type="fn" rid="fn64"><sup>64</sup></xref> Las
				relaciones de parentesco, forzosamente dependientes aunque estratificadas en el
				interior, difícilmente admiten aquí otro tipo de corte que señalaría la
				independencia.</p>
			<p>No se trata de pura ideología, puesto que lo que está en juego es a la vez un acceso extensivo a los recursos y su distribución igualmente extensiva, si tiene lugar. Boehm Schoendube parte de una definición básica de Guillermo de la Peña, para quien el corte clasista no es el único que rige el acceso a los recursos: el parentesco, dice este autor,</p>
			<disp-quote>
				<p>se vuelve un objeto de manipulación en todas las esferas sociales; tiene un 'uso táctico' [...] en asuntos económicos y políticos [...] En este sentido, el parentesco es un aspecto tanto de infraestructura (un sentido de acceso a los recursos y a la producción) y de la superestructura (un modo de expresar y justificar el acto de apropiación).<xref ref-type="fn" rid="fn65"><sup>65</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>En un caso como el del sur de Jalisco, De la Peña subraya que el parentesco &quot;se vuelve sobremanera importante: la propiedad y los derechos ciudadanos se transmiten por parentesco, y las familias son las unidades relevantes para tareas específicas, como la socialización de los hijos pequeños&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn66"><sup>66</sup></xref>
			</p>
			<p>En todo caso, lo extraño en los ya referidos textos sobre el mexicano -de Paz a Bartra pasando por Ramos-, es el mínimo peso dado al culto mariano y a la madre, salvo la &quot;chingada indígena&quot;. Sucede en realidad que hasta el siglo XX, como lo hace notar Mirta A Barbieri,</p>
			<disp-quote>
				<p>[...] la maternidad fue glorificada como vocación y meta principal de la vida de las mujeres [...] La idealización de la maternidad, su mistificación y naturalización como rol primordial femenino ha favorecido el ocultamiento de sus aspectos opresivos: malas experiencias al dar a luz por la labor médica generalmente ejecutada por varones, situaciones negativas durante el ejercicio de la maternidad no verbalizadas por las mujeres, la soledad y el aislamiento que muchas veces caracteriza la relación madre-hijo y que puede dañar a ambos [...].<xref ref-type="fn" rid="fn67"><sup>67</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Reitera esta autora: &quot;la maternidad ha sido mistificada, asociada al altruismo, al sacrificio, a la virtud social como cualidades inherentes a la condición femenina&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn68"><sup>68</sup></xref> Santiago Ramírez constata sobre la mujer mexicana: &quot;Todas las instituciones culturales, desde antes de la Conquista, aplauden y premian los aspectos maternales de la mujer y, por el contrario, censuran los aspectos sexuales&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn69"><sup>69</sup></xref> Las instituciones sociales, prosigue Ramírez, &quot;aplauden la condición maternal y reabastecen este círculo enfermizo que hace que la familia mexicana sea de carácter uterino, con una madre asexuada y un padre ausente&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn70"><sup>70</sup></xref> Hemos vivido, concluye Ramírez, &quot;en una cultura en la que lo fundamental ha sido la relación con la madre&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn71"><sup>71</sup></xref> pese a que lo que más sobresale pareciera ser la figura del macho, según el propio Ramírez, quien por lo demás recurre a comparaciones mediante la antropología cultural y los trabajos de Mead, Kardiner y Benedict. Un rol social, hipertrofiado como tal, aparece así naturalizado al grado de parecer parte de la naturaleza humana por la fuerza de las cosas, como si todo estuviera dado por la biología, puesto que es la mujer la que da a luz. Ramírez sugiere que la ausencia del esposo-compañero es suplida con el hijo: la mujer se siente poseedora del niño, afirma, que &quot;siendo el niño lo único que la compensa de la ausencia del esposo&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn72"><sup>72</sup></xref> O dicho de otro modo: la mujer mexicana, sugiere Ramírez, &quot;compensa vicariamente la falta de seguridad y apoyo que debiera obtener del compañero en una maternidad exuberante y prolífica, dándole al hijo la protección y apoyo que ella no recibe de su compañero&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn73"><sup>73</sup></xref> Cuando no es la madre es entonces la abuela la que se convierte en institución; así, &quot;la [abuela] mexicana se apropia del nieto para elaborar la melancolía de la edad avanzada. La abuela o suegra tratan de devaluar la condición de la mujer o nuera, interponiéndose entre ésta y el marido, apropiándose, a través de su hija, de los nietos&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn74"><sup>74</sup></xref>
			</p>
			<p>Lo primero que llama la atención en Winnicott es que aún considerando el papel clave del ambiente, valora la independencia, no sólo en el infante, sino también en la mujer, a diferencia de lo que suele ocurrir en culturas que se inclinarían por el &quot;ocultamiento del ser&quot;, el propio y el de otros, según la lectura de Paz que sugiere Javier Rico.<xref ref-type="fn" rid="fn75"><sup>75</sup></xref> Lo segundo es que, yendo más allá de Freud y de las convenciones del psicologismo, Winnicott valora no cualquier independencia, sino una que le permita al individuo -al futuro adulto y a la mujer- desenvolverse en una sociedad que por lo demás debe ser &quot;lo suficientemente sana&quot;, digamos, para permitir a su vez esta misma independencia. Así, &quot;hablamos de la madurez del ser humano&quot;, dice Winnicott, no sólo en relación con el crecimiento personal, sino también respecto de la socialización:</p>
			<disp-quote>
				<p>Digamos que en la salud, que es casi sinónimo de la madurez, el adulto puede identificarse con la sociedad sin un sacrificio demasiado grande de la espontaneidad personal o bien, a la inversa, que el adulto puede atender sus propias necesidades personales sin ser antisocial y sin dejar por cierto de asumir alguna responsabilidad por el mantenimiento o la modificación de la sociedad tal y como se encuentra.<xref ref-type="fn" rid="fn76"><sup>76</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Para Winnicott, &quot;en este lenguaje, 'salud' significa tanto salud del individuo como salud de la sociedad, y la madurez completa del individuo no es posible en un escenario social enfermo o inmaduro&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn77"><sup>77</sup></xref> Este planteamiento no está reñido con los de la antropología cultural en cultura y personalidad, y admite que puede existir una sociedad enferma, que limita la madurez del individuo. Se entiende que luego de satisfacer las primeras necesidades del infante, la madre busca retomar su vida, que no está fusionada con la del infante; así, luego de los pataleos del bebé, por esa época, escribe Winnicott,</p>
			<disp-quote>
				<p>la madre reemprende su propia vida, que finalmente se vuelve relativamente independiente de las necesidades del infante. A menudo el crecimiento del niño corresponde con total exactitud a la reasunción por la madre de su propia independencia, y estaremos de acuerdo en que una madre que no puede ir fallando gradualmente en esta cuestión de la adaptación sensible, falla en otro sentido: debido a su propia inmadurez o a sus propias angustias.<xref ref-type="fn" rid="fn78"><sup>78</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Se está lejos de un patrón cultural de &quot;dependientes&quot; y de una relación padres-hijos (y madre-hijo) basada en la perpetuación de la dependencia: la mujer tiene vida propia y tal vez no ha sido la dependiente del esposo, como no se limitará luego a ser madre sin salir del ámbito doméstico, la dependiente del hijo. No hay aquí relaciones simbióticas, y la sociedad que el psicologismo tiende a poner entre paréntesis debiera en realidad asegurar las condiciones para el desenvolvimiento de la mujer, más allá de su condición de madre y de la familia, en particular en ámbitos como el laboral, algo que en perspectiva histórica pareciera ser nuevo en México, en particular para determinados sectores sociales. Así, &quot;ser madre&quot; no es -por decirlo con ironía- un oficio. El problema no debiera aparecer hasta &quot;cuando los hijos se van&quot; -suponiendo que realmente lo hagan-, parafraseando el título de una película mexicana. El objetivo está descrito así: &quot;El niño llega a una existencia personal satisfactoria mientras participa en los asuntos de la sociedad&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn79"><sup>79</sup></xref>
			</p>
			<p>El problema es que lo descrito no es un hecho: no es que en general madre e hijo dejen de
				serlo -nunca dejan de serlo-, sino que desde la representación más general que es el
				culto mariano la simbiosis no se deshace, y así como la madre permanece como tal con
				su dependencia del hijo, éste se encuentra en la suya, reconfortado en la ilusión de
				su omnipotencia, sin verse desilusionado, y por ende limitado en su crecimiento
				personal, más si la sociedad no lo facilita -a la mujer que trabaja, al varón
				autónomo-. Tal vez no hay aquí lo que Winnicott llamaría <italic>ambiente
					facilitador</italic>, un tema sobre el que la antropología cultural puede
				trabajar mucho. Ese mismo ambiente de dependencias puede provocar desde el temor a
				cualquier forma de soledad hasta ese &quot;miedo al derrumbe&quot; que para
				Winnicott puede traducirse por ejemplo por el temor a la no existencia.</p>
			<p>La &quot;madre suficientemente buena&quot; -<italic>good enough mother</italic>-, como la
				llama Winnicott, debe ser capaz en un primer momento de alimentar las ilusiones
				-incluso de omnipotencia- del niño: se trata de una ilusión que se encuentra a medio
				camino entre percepción y apercepción del mundo exterior. Luego, la madre debe
				desilusionarlo y hacerlo entrar así en el principio de realidad. Dicho sea de paso,
				el narcisismo primario es para Winnicott una defensa ante la pérdida del sentido de
				lo real,<xref ref-type="fn" rid="fn80"><sup>80</sup></xref> que está en la ilusión y
				en la omnipotencia. Así, establece Winnicott de forma clara:</p>
			<disp-quote>
				<p>Yo afirmo que existe un estado intermedio entre la incapacidad del bebé para reconocer y aceptar la realidad, y su creciente capacidad para ello. Estudio, pues, la sustancia de la ilusión, lo que se permite al niño y lo que en la vida adulta es inherente al arte y la religión, pero que se convierte en el sello de la locura cuando un adulto exige demasiado de la credulidad de los demás, cuando los obliga a aceptar una ilusión que no les es propia.<xref ref-type="fn" rid="fn81"><sup>81</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Asimismo, considera el autor, &quot;si un adulto nos exige nuestra aceptación de la objetividad de sus fenómenos subjetivos, discernimos o diagnosticamos locura&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn82"><sup>82</sup></xref> En la zona intermedia, en cambio, en el juego entre ilusión y desilusión es posible crear el discernimiento entre mundo exterior y mundo interior, de tal modo que, respetando al segundo, el primero no aparezca como simple prolongación de éste.</p>
			<p>Al decir de Winnicott,</p>
			<disp-quote>
				<p>la zona intermedia, no discutida respecto de su pertenencia a una realidad interna o exterior (compartida), constituye la mayor parte de la experiencia del bebé, y se conserva a lo largo de la vida en las intensas experiencias que corresponden a las artes y la religión, a la vida imaginativa y a la labor científica creadora.<xref ref-type="fn" rid="fn83"><sup>83</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Una &quot;madre santa&quot; -sacralizada a la vez por la religión y por la sociedad- no puede cumplir con este papel de ayudar a la transición y la ubicación en esta zona intermedia, en primer lugar por su propia omnipotencia, es decir, por la sacralización del rol que suele ser social, para seguir la terminología de la antropología cultural; esta &quot;santidad&quot; supone a su vez la sacralización del infante en su omnipotencia. No entran aquí en juego para romper la simbiosis ni los objetos ni los fenómenos transicionales de los que habla Winnicott. Para éste, uno de los pasos claves es el de la ilusión -que tiene algo de mágico y que no excluye la fetichización del objeto- a la desilusión:</p>
			<disp-quote>
				<p>Un niño no tiene la menor posibilidad de pasar del principio de placer al de realidad, o a la identificación primaria y más allá de ella [...], si no existe una madre suficientemente buena. La &quot;madre&quot; lo bastante buena [...] es la que lleva a cabo la adaptación activa a las necesidades de este y que la disminuye poco a poco, según la creciente capacidad del niño para hacer frente al fracaso en materia de adaptación y para tolerar los resultados de la frustración.<xref ref-type="fn" rid="fn84"><sup>84</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Así, esto supone una doble renuncia: a la omnipotencia del niño y a la de la madre, que debe ir renunciado a &quot;su&quot; niño para dejarlo desenvolverse poco a poco con independencia en la realidad y ante la frustración/desilusión.</p>
			<p>El riesgo está en que se le quiera evitar en la simbiosis toda desilusión al niño que por lo
				demás se ha convertido en la &quot;gran ilusión de vida&quot; de la madre, siendo su
				falo imaginario -en términos de Lacan-, la imagen en la cual verse
				&quot;realizada&quot;. Si se prolonga demasiado esta situación por falta de
				independencia de la mujer, que no es valorada como tal, de nuevo para recurrir a la
				antropología cultural, y el infante es entonces eternamente &quot;la razón de
				ser&quot; de la madre, el &quot;objeto de la madre&quot; -retomando a Lacan-, es que
				hay instrumentalización. El infante se defenderá creando lo que Winnicott llama un
				falso <italic>self</italic>. Para este mismo autor, si la madre falla en &quot;dar
				satisfacción al gesto de la criatura&quot;, incluso en un principio el gesto de la
				omnipotencia, y &quot;en lugar de ello, lo remplaza por su propio gesto, [...]
				adquirirá sentido por la sumisión del infante&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn85"
						><sup>85</sup></xref> convertido en &quot;su&quot; cielo, &quot;su&quot;
				amor, &quot;su&quot; vida, etcétera. Esta sumisión por parte del infante, afirma
				Winnicott, &quot;es la etapa más temprana del <italic>self</italic> falso, y
				corresponde a la ineptitud de la madre para sentir las necesidades del
					bebé&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn86"><sup>86</sup></xref> El temor a la no
				existencia es entonces el temor a algo que ya ha sucedido, siguiendo a Winnicott,
				puesto que el infante no existe ni es valorado por sí mismo, dada la insensibilidad
				de la madre; la defensa consiste en la autoafirmación bajo la forma que Winnicott
				llama &quot;la etapa del <italic>yo soy</italic>, con el corolario inherente
					<italic>yo repudio todo lo que sea distinto de mí</italic>&quot;.<xref
					ref-type="fn" rid="fn87"><sup>87</sup></xref>
			</p>
			<p>Ramírez agrega la probable percepción del abandono paterno. Dentro de este registro está la
				incapacidad para esa forma de responsabilidad por el otro que, según Winnicott, debe
				aparecer ya en el infante como &quot;capacidad para la preocupación por el
				otro&quot;: esto supondría un <italic>yo</italic> independiente en el infante
				-independiente del yo auxiliar de la madre- que ya tiene a la vez &quot;parte de
				adentro&quot; y &quot;parte de afuera&quot;, entre otras cosas gracias al esquema
					corporal;<xref ref-type="fn" rid="fn88"><sup>88</sup></xref> la madre ya no es
				nada más el objeto parcial capaz de satisfacer las necesidades más acuciantes sino
				también la persona que proporciona un cuidado activo<xref ref-type="fn" rid="fn89"
						><sup>89</sup></xref> y que es amada como persona &quot;a la que es posible
					reparar&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn90"><sup>90</sup></xref> Sin esta
				reparación por el uso y lo que supone de preocupación por el <italic>otro</italic>,
				no quedan luego de ese uso del objeto parcial más que formas primitivas de culpa y
					angustia.<xref ref-type="fn" rid="fn91"><sup>91</sup></xref> Por otra parte,
				dada esta soledad en este narcisismo primario <italic>á deux</italic> y tal vez dado
				también el temor a que una apertura afectiva sea objeto de algún abuso -de
				instrumentalización, en el famoso &quot;rajarse&quot; sobre el que se detiene Paz-,
				aparecerá el miedo a estar solo: no hay lo que Winnicott llama
					<italic>relacionalidad del yo</italic>, es decir, un yo que estando solo se
				sienta de todos modos acompañado por una &quot;presencia&quot;. Con el transcurso
				del tiempo, escribe Winnicott, el individuo llega a ser capaz de prescindir de la
				presencia real de la madre o de la figura materna. A esto se lo ha descrito como el
				establecimiento de un &quot;ambiente interno&quot;, fenómeno más primitivo que el
				que recibe el nombre de &quot;madre introyectada&quot;.<xref ref-type="fn"
					rid="fn92"><sup>92</sup></xref> Sucede que en el temor a la soledad que ya
				ocurrió no hay presencia del &quot;objeto interno bueno&quot; porque no estuvo. Tal
				vez ese temor a una soledad que ya aconteció -en las condiciones de
				instrumentalización del infante que hemos descrito- se manifieste en la expresión
				&quot;muégano&quot; -a veces curiosamente reivindicativa-, para referirse a las
				relaciones familiares sin independencias individuales ni cabida para la soledad de
				nadie.</p>
			<p>Es un infante vulnerable, en estado de necesidad, que es instrumentalizado, &quot;puesto a disposición&quot;; de ahí la intuición, tal vez, de los peligros del &quot;rajarse&quot; y mostrar vulnerabilidad o necesidad. En efecto, para Winnicott, el self falso es una defensa &quot;contra lo impensable, contra la explotación del self verdadero, que daría por resultado su aniquilación&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn93"><sup>93</sup></xref> la &quot;no existencia&quot;. En el varón, este falso self es también el del machismo, pues según sugiere Ramírez: &quot;El hombre mexicano carente de padre que le brinde estructura va a buscar en aspectos formales externos aquello que no se ha incorporado en su interioridad&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn94"><sup>94</sup></xref> donde ha ocurrido el derrumbe en el abandono. La defensa recurre a una especie de máscara que no excluye una proverbial cortesía, una amabilidad adaptativa, y no descarta la imitación del poder que ha sometido y tal vez también su utilización &quot;en revancha&quot;: se trata aquí de actores, pese al intento por preservar -así sea en secreto-el self verdadero ante condiciones ambientales anormales.<xref ref-type="fn" rid="fn95"><sup>95</sup></xref> Si bien los hay que terminando la actuación vuelven a ser ellos mismos, otros, recuerda Winnicott, &quot;se encuentran completamente perdidos cuando no lo hacen y cuando no son apreciados y aplaudidos&quot;,<xref ref-type="fn" rid="fn96"><sup>96</sup></xref> reconfortados en su &quot;Yo Ideal&quot;, lo que sería otro modo de mantenerlos en la creencia en una omnipotencia sin límites.</p>
			<p>También puede ser explicado este fenómeno de otro modo: en este patrón de relación madre-hijo
				que puede extenderse a muchas otras relaciones, la dependencia provoca la disolución
				de la libido objetal en el espejo mutuo que devuelve a cada quien la imagen del
					<italic>yo</italic> ideal, tal y como lo entendía Freud: &quot;Sobre ese
					<italic>yo</italic> ideal, recae el amor de sí mismo de que en la infancia gozó
				el <italic>yo</italic> real. El narcisismo aparece desplazado a este nuevo yo ideal
				que, como el infantil, se encuentra en posesión de todas las perfecciones
					valiosas&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn97"><sup>97</sup></xref> El objeto
				puede disolverse en el juego del ir y venir de las imágenes especulares de
				omnipotencia. Se prefiere esto a lo que sucede con una investidura libidinal de los
				objetos que, recuerda Freud, &quot;no eleva el sentimiento de sí&quot;.<xref
					ref-type="fn" rid="fn98"><sup>98</sup></xref> Este juego se sostiene en el
				&quot;miedo al derrumbe&quot; que por lo demás es de una u otra forma intuido y
				hasta conocido, puesto que se niega la existencia en el &quot;ninguneo&quot; y se da
				por sentado que detrás de la omnipotencia puede no haber nada.</p>
			<p>La situación con una madre que no es &quot;suficientemente buena&quot; -no porque sea &quot;mala&quot;, sino por el rol que le asigna la cultura- y con la recreación de los narcisismos primarios -convertidos en yo ideal- no es físicamente incestuosa, aunque sí potencialmente endogámica. Winnicott no habla en ningún momento de incesto y sólo lo es desde un punto de vista simbólico, ya que no interviene el corte de la situación edípica, en la medida en que, retomando a Leclaire, está mantenido el &quot;goce de la madre&quot;, como ésta mantiene por lo demás el &quot;goce de ese hijo&quot; que es &quot;su&quot; objeto. Investigaciones recientes llevadas a cabo por Françoise Héritier han puesto de relieve que el incesto tipo tendería a ser entre madre e hija o con dos hermanas, al repetirse algo idéntico, que no hay en la relación &quot;sexuada&quot; y por ello ambivalente madre-hijo. La endogamia está sobre todo latente en la exclusión del padre y lo que supone de exterior y de apertura a un mundo en la distancia, independiente y distinto de la fusión-simbiosis. Dicho de otro modo, es la dependencia la que se presta a una endogamia extendida, si es que pasa de la dependencia madre-hijo a otras simbiosis &quot;extensas&quot; y que confunden diferencia con oposición o incluso antagonismo. La identidad no es aquí la de los cuerpos y los fluidos a la que se refiere Héritier, a diferencia de la expuesta sobre la relación madre-hijo: es la identidad en el intercambio de imágenes que reconfortan al yo ideal de cada quien, y frente a las cuales la independencia haría aparecer el derrumbe ya ocurrido y la soledad, por lo que el título de Paz no deja de sonar especialmente bien escogido. La individuación y la independencia romperían entonces con las &quot;prolongaciones de&quot; y conducirían al &quot;brote&quot; de la soledad temida por ser absoluta, sin ninguna &quot;presencia&quot; introyectada. Como sea, estos espejos creadores de identidad son como toda identidad: &quot;la identidad es improductiva&quot;, dice Héritier, pues &quot;se necesita diferencia para la reproducción, tanto biológica como social&quot;.<xref ref-type="fn" rid="fn99"><sup>99</sup></xref>
			</p>
			<p>La fusión-simbiosis dificulta en la psique, según lo he señalado, la distinción entre
					<italic>yo y no yo</italic>. A otro nivel, el social, cada quien es &quot;la
				prolongación de...&quot; , a veces incluso sin que importe mucho el contenido, a
				menos que alguien sea &quot;ninguneado&quot; y expuesto a esta aniquilación o
				&quot;no existencia&quot;. Lo anterior explica el peso no nada más de la familia, si
				extensa seguramente mejor, sino también de modos peculiares de &quot;saber
				relacionarse&quot; y de esa &quot;gran familia&quot; -por llamarla de algún modo-
				que es la clientela en el marco del patrimonialismo, para decirlo con el vocabulario
				de la sociología. Este sistema es débil -pese a su gregarismo- en la medida en que
				no fortalece lazos sociales reales, porque se evita el contacto de
				&quot;abrirse&quot;; lo señalan Paz y Ramírez, por lo demás. Puede suponerse que
				estos fenómenos no siempre son conscientes: conforman tal vez un inconsciente
				social, aunque recreado más o menos expresamente de mil y un maneras -por ejemplo,
				cuando un canal de televisión de éxito es el &quot;canal de la gran familia
				mexicana&quot;, o cuando la nación toda es esa misma familia.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="conclusions">
			<title>Conclusiones</title>
			<p>Lo que he querido salvar es algo que va más allá de las dicotomías -o individuo o sociedad-
				que se han instalado privilegiando al individuo en el psicologismo y a los estudios
					<italic>individuales</italic> de caso y las historias de vida desde parte de la
				sociología hasta parte de la antropología, negando entonces el análisis más allá de
				lo empírico. Individuo y sociedad han llegado a aparecer como mutuamente excluyentes
				y el individuo no es pensado en relación, sino como esencia contra toda coerción
				social -real o supuesta-. Frente a lo que Lyotard llamó &quot;grandes relatos&quot;,
				se le facilitó al psicologismo el estudio de individuos y subjetividades sin tomar
				en consideración -así estén en realidad implícitos- ya no se diga determinismos,
				sino simplemente contextos generales sociales, económicos, políticos y culturales
				que impiden esa extraterritorialidad que hace pasar lo inconsciente por algo
				natural, aún cuando está estructurado como un lenguaje. El supuesto es que la
				sociedad no puede ser cambiada, que &quot;está dada&quot; y tiene también <italic>su
					naturaleza</italic>, incluso para buena parte de la psicología social; aunque
				haya individuos no está de más señalar que no despuntan sujetos -más de un
				psicoanalista, de Fromm a Frankl, había visto la tendencia a convertir en realidad
				al ser humano en objeto, aunque formalmente libre-. Existen teorías que responden a
				la visión individual y psicologizante, y también prácticas que las siguen y plantean
				que no hay más que búsquedas personales y no en la sociedad, como si esas búsquedas
				estuvieran en una suerte de ingravidez y en la pura capacidad de expresión de la
				subjetividad. No he querido sacar demasiadas conclusiones en el tercer apartado: he
				esbozado hipótesis de trabajo en un vaivén entre la existencia de una cultura y el
				modo de subjetivación individual -no uniforme, con todo- de ciertas relaciones
				sociales -la relación madre-hijo es una entre tantas-. He podido hacerlo por la
				apertura que facilita Winnicott: hacia el mundo psíquico interior y hacia un
				ambiente que va más allá de la madre -para muchos una supuesta
					<italic>naturaleza</italic> sin rol asignado- y los padres para llegar a la
				sociedad y sus recursos, lo que interesa al estudio de cultura y personalidad. He
				buscado demostrar así que desde el punto de vista teórico-metodológico que tal vez
				baste dejar de creer en el carácter mutuamente excluyente del individuo y la
				sociedad, y cuente en algo retomar la antropología de cultura y personalidad para
				recrear así la polémica sobre la mentalidad mexicana, sin desechar lo elaborado en
				el pasado.</p>
		</sec>
	</body>
	<back>
		<ref-list>
			<title>Referencias</title>
			<ref id="B1">
				<mixed-citation>Abram Kardiner, <italic>Fronteras psicológicas de la
						sociedad</italic> (México: FCE, 1955), 30.</mixed-citation>
				<element-citation publication-type="book">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Kardiner</surname>
							<given-names>Abram</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<source>Fronteras psicológicas de la sociedad</source>
					<publisher-loc>México</publisher-loc>
					<publisher-name>FCE</publisher-name>
					<year>1955</year>
					<fpage>30</fpage>
					<lpage>30</lpage>
				</element-citation>
			</ref>
			<ref id="B2">
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					FCE , 1975), 31.</mixed-citation>
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						</name>
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					<source>El individuo y su sociedad</source>
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					en el Centro-Occidente de México&quot;, en <italic>Familia y parentesco en
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					(Buenos Aires: Paidós, 2009), 109.</mixed-citation>
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						teoría del desarrollo emocional</source>
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					(Buenos Aires: Paidós , 1991), 114.</mixed-citation>
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					Gedisa, 1993), 19.</mixed-citation>
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						intelectual</italic> (Barcelona: Paidós , 2008).</mixed-citation>
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					Los Angeles: University of California Press, 1989), 10.</mixed-citation>
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						de la sociedad</italic>, Abram Kardiner (México: FCE , 1955),
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						personnalité</italic> (París: Bordas, 1977), 70.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Raúl Béjar Navarro, <italic>El mexicano: aspectos culturales y
						psicosociales</italic> (México: UNAM, 2007).</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Roger Chartier, <italic>El mundo como representación. Estudios sobre
						historia cultural</italic> (Barcelona: Gedisa , 1992), 23.</mixed-citation>
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					Aires: Paidós , 1982), 26.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Sigmund Freud, &quot;Nuevas conferencias de introducción al
					psicoanálisis&quot;, en <italic>Obras completas</italic>, vol. 22 (Buenos Aires:
					Amorrortu, 1979), 166.</mixed-citation>
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						psicoanálisis</chapter-title>
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				<mixed-citation>Sigmund Freud, &quot;Resistencias al psicoanálisis&quot;, en
						<italic>Obras completas</italic>, vol. 19 (Buenos Aires: Amorrortu , 1992),
					234.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Sigmund Freud, &quot;Contribución a la historia del movimiento
					psicoanalítico&quot;, en <italic>Obras Completas</italic>, vol. 14 (Buenos
					Aires: Amorrortu , 1984), 7-63.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Sigmund Freud, &quot;Introducción al narcisismo&quot;, en
						<italic>Obras completas</italic>, vol. 14 (Buenos Aires: Amorrortu , 1979),
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				<mixed-citation>Slavoj Zizek, <italic>El sublime objeto de la ideología</italic>
					(México: Siglo XXI , 1992).</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Solange Alberro, &quot;La historia de las mentalidades: trayectoria
					y perspectivas&quot;, <italic>Historia Mexicana</italic>, XLII: 2,
					(octubre-diciembre 1992), 334.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Viktor Frankl, <italic>El hombre doliente. Fundamentos
						antropológicos de la psicoterapia</italic> (Barcelona: Herder, 2009),
					229.</mixed-citation>
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					<source>El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la
						psicoterapia</source>
					<publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
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			<fn fn-type="other" id="fn1">
				<label>1</label>
				<p>Solange Alberro, &quot;La historia de las mentalidades: trayectoria y perspectivas&quot;,
						<italic>Historia Mexicana, XLII</italic>: 2, (octubre-diciembre 1992),
					334.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn2">
				<label>2</label>
				<p>Carlo Ginzburg, <italic>El queso y los gusanos</italic> (Barcelona: Muchnik Editores,
					1999).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn3">
				<label>3</label>
				<p>Lynn Hunt, &quot;Introduction: History, Culture and Text&quot;, en <italic>The New Cultural
						History</italic>, editado por Lynn Hunt (Berkeley y Los Angeles: University
					of California Press, 1989), 10.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn4">
				<label>4</label>
				<p>Jacques Le Goff, &quot;Las mentalidades, una historia ambigua&quot;, en <italic>Hacer la
						Historia, vol. III</italic>, editado por Jacques le Goff y Pierre Nora
					(Barcelona: Laia, 1978), 84.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn5">
				<label>5</label>
				<p>Roger Chartier, <italic>El mundo como representación. Estudios sobre historia
						cultural</italic> (Barcelona: Gedisa, 1992), 23.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn6">
				<label>6</label>
				<p>Chartier, <italic>El mundo como representación</italic>, 23.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn7">
				<label>7</label>
				<p>Le Goff, &quot;Las mentalidades&quot;, 85.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn8">
				<label>8</label>
				<p>Alberro, &quot;La historia&quot;, 33 5.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn9">
				<label>9</label>
				<p>Es el nombre que le da Robert Castel, y que encierra una tendencia y no cuestiona al
					psicoanálisis en su conjunto. Robert Castel, <italic>El psicoanalismo. El orden
						psicoanalítico y el poder</italic> (México: Siglo XXI, 1980). No está de más
					señalar que, por su carácter muy crítico, esta obra de Castel, a diferencia de
					otras, no tuvo mucho eco.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn10">
				<label>10</label>
				<p>Anna Freud, <italic>El yo y los mecanismos de defensa</italic> (Barcelona: Paidós, 1961).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn11">
				<label>11</label>
				<p>Erich Fromm, <italic>Las cadenas de la ilusión. Una autobiografía intelectual</italic>
					(Barcelona: Paidós, 2008).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn12">
				<label>12</label>
				<p>Piénsese en el texto de Erich Fromm, <italic>Marx y su concepto del hombre</italic> (México:
					FCE, 2014). Desde este punto de vista, una sociedad que enajena o aliena al
					Hombre difícilmente puede estar sana.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn13">
				<label>13</label>
				<p>Serge Leclaire, <italic>Desenmascarar lo real</italic> (Buenos Aires: Paidós, 1982), 26.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn14">
				<label>14</label>
				<p>Leclaire, <italic>Desenmascarar lo real</italic>, 24.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn15">
				<label>15</label>
				<p>Leclaire, <italic>Desenmascarar lo real</italic>, 23.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn16">
				<label>16</label>
				<p>Leclaire, <italic>Desenmascarar lo real</italic>, 22. Cursivas propias.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn17">
				<label>17</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 87.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn18">
				<label>18</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 87.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn19">
				<label>19</label>
				<p>Sigmund Freud, &quot;Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis&quot;, en
						<italic>Obras completas</italic>, vol. 22 (Buenos Aires: Amorrortu, 1979),
					166.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn20">
				<label>20</label>
				<p>Freud, &quot;Nuevas conferencias&quot;, 165.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn21">
				<label>21</label>
				<p>Sigmund Freud, &quot;Resistencias al psicoanálisis&quot;, en <italic>Obras
					completas</italic>, vol. 19 (Buenos Aires: Amorrortu, 1992), 234.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn22">
				<label>22</label>
				<p>Sigmund Freud, &quot;Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico&quot;, en
						<italic>Obras Completas</italic>, vol. 14 (Buenos Aires: Amorrortu, 1984),
					7-63.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn23">
				<label>23</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 29.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn24">
				<label>24</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 111.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn25">
				<label>25</label>
				<p>Slavoj Zizek, <italic>El sublime objeto de la ideología</italic> (México: Siglo XXI,
					1992).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn26">
				<label>26</label>
				<p>Frankl llega a sospechar del psicoanalista que quería el &quot;poder de las llaves&quot;.
					Viktor Frankl, <italic>El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la
						psicoterapia</italic> (Barcelona: Herder, 2009), 229. Desde una perspectiva
					muy distinta de la de Castel, en el libro referido Frankl critica por igual al
					psicologismo que al sociologismo en todo lo que tienen de reduccionistas, y
					desde otra concepción antropológica del Hombre.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn27">
				<label>27</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 38.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn28">
				<label>28</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 55.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn29">
				<label>29</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 38.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn30">
				<label>30</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 54.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn31">
				<label>31</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 44.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn32">
				<label>32</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 201.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn33">
				<label>33</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 62.34.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn34">
				<label>34</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 57.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn35">
				<label>35</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 185.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn36">
				<label>36</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 183.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn37">
				<label>37</label>
				<p>Abram Kardiner, <italic>Fronteras psicológicas de la sociedad</italic> (México: FCE, 1955),
					30.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn38">
				<label>38</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 217.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn39">
				<label>39</label>
				<p>Castel, <italic>El psicoanalismo</italic>, 217.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn40">
				<label>40</label>
				<p>Raúl Béjar Navarro, <italic>El mexicano: aspectos culturales y psicosociales</italic>
					(México: UNAM, 2007).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn41">
				<label>41</label>
				<p>Los autores recogen de entrada esta definición que hace G. W Allport de la disciplina: la
					psicología social es &quot;la investigación científica de cómo influye la
					presencia real, imaginada o implícita de los otros en los pensamientos,
					sentimientos y conductas de los individuos&quot;. Michael A. Hogg y Graham M.
					Vaughan, <italic>Psicología social</italic> (Madrid: Editorial Médica
					Panamericana, 2010), 4. En cierto modo, se estudia el comportamiento social sin
					estudiar la sociedad. Otra es la línea adoptada dentro de la misma psicología
					social por autores como Serge Moscovici.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn42">
				<label>42</label>
				<p>Claudio Esteva-Fabregat, <italic>Cultura, sociedad y personalidad</italic> (Barcelona:
					Anthropos, 1993), 50.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn43">
				<label>43</label>
				<p>Esteva Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 20.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn44">
				<label>44</label>
				<p>Esteva Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 51.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn45">
				<label>45</label>
				<p>Esteva Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 51.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn46">
				<label>46</label>
				<p>Esteva Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 74.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn47">
				<label>47</label>
				<p>Abram Kardiner, <italic>Fronteras psicológicas de la sociedad</italic> (México: FCE, 1955),
					34.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn48">
				<label>48</label>
				<p>Kardiner, <italic>Fronteras</italic>, 38.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn49">
				<label>49</label>
				<p>Kardiner, <italic>Fronteras</italic>, 44.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn50">
				<label>50</label>
				<p>Ralph Linton, &quot;Prólogo&quot;, en <italic>Fronteras psicológicas de la sociedad</italic>,
					Abram Kardiner (México: FCE, 1955), 9.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn51">
				<label>51</label>
				<p>Abram Kardiner, <italic>El individuo y su </italic>sociedad (México: FCE, 1975), 31.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn52">
				<label>52</label>
				<p>Kardiner, <italic>El individuo</italic>, 29.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn53">
				<label>53</label>
				<p>Kardiner, <italic>El individuo</italic>, 29.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn54">
				<label>54</label>
				<p>Ralph Linton, <italic>Le fondement culturel de la personnalité</italic> (París: Bordas,
					1977), 70.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn55">
				<label>55</label>
				<p>Esteva-Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 114.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn56">
				<label>56</label>
				<p>Esteva-Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 103.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn57">
				<label>57</label>
				<p>Esteva-Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 17.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn58">
				<label>58</label>
				<p>Esteva-Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 131.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn59">
				<label>59</label>
				<p>Esteva-Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 15.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn60">
				<label>60</label>
				<p>Esteva-Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 26.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn61">
				<label>61</label>
				<p>Esteva-Fabregat, <italic>Cultura</italic>, 26.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn62">
				<label>62</label>
				<p>Ivan Illich e<italic>t al., Las profesiones inhabilitantes</italic> (Madrid: H. Blume, 1981),
					23.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn63">
				<label>63</label>
				<p>Santiago Ramírez, <italic>El mexicano, psicología de sus motivaciones</italic> (México:
					Grijalbo, 2003), 55.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn64">
				<label>64</label>
				<p>Brigitte Boehm Schoendube, &quot;La familia oligárquica y su sistema de parentesco. Un modelo
					de percepción y una propuesta de organización regional en el Centro-Occidente de
					México&quot;, en <italic>Familia y parentesco en México y Mesoamérica</italic>,
					compilado por David Robichaux (México: Universidad Iberoamericana, 2005),
					528.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn65">
				<label>65</label>
				<p>Guillermo de la Peña, &quot;Ideology and practice in Southern Jalisco: Peasants, Rancheros,
					and Urban Entrepreneurs&quot;, en <italic>Ideology and practice in Latin
						America</italic>, editado por Raymond T. Smith (Chapel Hill: University of
					North Carolina Press, 1984), 205.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn66">
				<label>66</label>
				<p>De la Peña, &quot;Ideology&quot;, 205.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn67">
				<label>67</label>
				<p>Mirta A. Barbieri, &quot;Mujer y familia. Transformación y nuevas identidades en la
					antropología argentina&quot;, en <italic>Familias y culturas en el espacio
						latinoamericano</italic>, compilado por Ana Vera Estrada y David Robichaux
					(México: Universidad Iberoamericana, 1928), 359.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn68">
				<label>68</label>
				<p>Barbieri, &quot;Mujer y familia&quot;, 361.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn69">
				<label>69</label>
				<p>Ramírez, <italic>El mexicano</italic>, 122-123.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn70">
				<label>70</label>
				<p>Ramírez, <italic>El mexicano</italic>, 123.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn71">
				<label>71</label>
				<p>Ramírez, <italic>El mexicano</italic>, 124.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn72">
				<label>72</label>
				<p>Ramírez, <italic>El mexicano</italic>, 78.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn73">
				<label>73</label>
				<p>Ramírez, <italic>El mexicano</italic>, 142.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn74">
				<label>74</label>
				<p>Ramírez, <italic>El mexicano</italic>, 78.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn75">
				<label>75</label>
				<p>Recogemos en particular la formulación de Javier Rico Moreno, <italic>La historia y el
						laberinto. Hacia una estética del devenir en Octavio Paz</italic> (México:
					Bonilla Artigas, UNAM-Facultad de Filosofía y Letras, 2013), 124. Seguramente se
					trata más de ocultamiento y simulación que de mentira.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn76">
				<label>76</label>
				<p>D. W. Winnicott, <italic>Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Estudios para
						una teoría del desarrollo emocional</italic> (Buenos Aires: Paidós, 2009),
					109. No hay espacio aquí para recoger las diferencias entre Winnicott y Melanie
					Klein, ni, sobre todo, el interesante intercambio entre Winnicott y Lacan que
					toca al &quot;Nombre del Padre&quot; y al sentido del límite que éste
					supone.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn77">
				<label>77</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 110.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn78">
				<label>78</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 113.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn79">
				<label>79</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 119.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn80">
				<label>80</label>
				<p>D. W. Winnicott, <italic>Exploraciones psicoanalíticas I</italic> (Buenos Aires: Paidós,
					1991), 114.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn81">
				<label>81</label>
				<p>D. W. Winnicott, <italic>Realidad y juego</italic> (Barcelona: Gedisa, 1993), 19.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn82">
				<label>82</label>
				<p>Winnicott, <italic>Realidad y juego</italic>, 31.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn83">
				<label>83</label>
				<p>Winnicott, <italic>Realidad y juego</italic>, 32.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn84">
				<label>84</label>
				<p>Winnicott, <italic>Realidad y juego</italic>, 27.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn85">
				<label>85</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 189.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn86">
				<label>86</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 189.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn87">
				<label>87</label>
				<p>Winnicott, <italic>Exploraciones</italic>, 120.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn88">
				<label>88</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 98.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn89">
				<label>89</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 98.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn90">
				<label>90</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 107.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn91">
				<label>91</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 107.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn92">
				<label>92</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 43.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn93">
				<label>93</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 191.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn94">
				<label>94</label>
				<p>Ramírez, <italic>El mexicano</italic>, 125.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn95">
				<label>95</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 196.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn96">
				<label>96</label>
				<p>Winnicott, <italic>Los procesos</italic>, 196.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn97">
				<label>97</label>
				<p>Sigmund Freud, &quot;Introducción al narcisismo&quot;, en <italic>Obras completas</italic>,
					vol. 14 (Buenos Aires: Amorrortu, 1979), 91.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn98">
				<label>98</label>
				<p>Freud, &quot;Introducción&quot;, 95.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn99">
				<label>99</label>
				<p>Francoise Héritier, <italic>Les deux soeurs et leur mire. Anthropologie de l'inceste</italic>
					(París: Odile Jacob, 2012), 321.</p>
			</fn>
		</fn-group>
	</back>
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